Editorial Ecclesia - Invocación joven desde Sídney para...
Escrito por Ecclesia Digital
miércoles, 16 de julio de 2008
Pocos
acontecimientos eclesiales y sociales movilizan, congregan y suscitan
más esperanza y gozo que las Jornadas Mundiales de la Juventud (JM). Tras
vientres fecundos años, una nueva edición ya está aquí con la besana bien
dispuesta para recoger tanta siembra, tanto esfuerzo y tanta ilusión
derramadas.
La XXXII JMJ ha
llegado este año desde las antípodas, desde el sur próspero y secularizado de
Sídney, la principal y más cosmopolita ciudad de Australia, una hermosatierra austral, bañada por mares y océanos,
símbolo de la globalización, de la catolicidad y de la misión universal de la
Iglesia.
«Recibiréis la
fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos» es
el lema de la convocatoria. Benedicto XVI escribió ya el año pasado un
espléndido mensaje para la ocasión (ECCLESIA, número 3.379 páginas 23-26). Se
trata de una extraordinaria catequesis sobre el Espíritu Santo, alma de la
Iglesia, principio de comunión, maestro interior y artífice y «protagonista» de
la evangelización. Y es que de esto se trata, de esto tratan y para esto fueron
instituidas por Juan Pablo II las JMJ: para servir a la evangelización, para
remover y renovar a los jóvenes y a todos los miembros de la Iglesia a tomar
conciencia clara, decidida y convincente de que la identidad y la misión del
seguidor de Jesús es ser testigo suyo. Porque «solo Cristo puede colmar las
aspiraciones más íntimas delcorazón del
hombre; solo El es capaz de humanizar la humanidad y conducirla a su
divinización». Y para ello necesitamos al Espíritu Santo ya que «quien se deja
guiar por El comprende que ponerse al servicio del Evangelio no es una opción
facultativa», sino una necesidad vital.
Anunciar a
Jesucristo y a su Evangelio es tarea hoy más apremiante que nunca para lo que
«se necesitan discípulos de Cristo que no escatimen tiempo ni energía». Y
privilegiados y bien aptos discípulos suyos han de ser los jóvenes, máxime
cuando se observan tantos síntomas de agotamiento y hasta de infecundidad –de
«indudable dificultad» escribe literalmente el Papa en su mensaje– entre los
adultos para acometer esta tarea. Por ello, la Iglesia, que confía en los
jóvenes, necesita a los jóvenes y, con palabras de Benedicto XVI, les pide:
«estad listos a poner en juego vuestra vida para iluminar al mudo con la verdad
de Cristo; para responder con amor al odio y al desprecio de la vida; para
proclamar la esperanza de Cristo resucitado en cada rincón de la tierra». Y
esto, ante todo y sobre todo, son las JMJ y el cenáculo de Sídney 2008.
...un
nuevo Pentecostés sobre el mundo
La Palabra de Dios,
la eclesialidad y la revitalización de la iniciación cristiana son, a la luz
del misterio y de la gracia del Espíritu Santo, los medios y los caminos que el
Papa propone a los jóvenes y a toda la Iglesia para hacer de Sídney un cenáculo
e invocar desde él el tan necesario nuevo Pentecostés sobre la humanidad. La
Jornada de Sídney llega en los albores del Año Jubilar Paulino y en las
vísperas del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios. Sídney 2008, ya
desde su preparación, ha sido y quiere ser un espacio abierto y un altavoz para
la escucha atenta de la Palabra de Dios. Es mediante la Palabra de Dios como
conocemos al Espíritu Santo y lo descubrimos como el principio y motor de la
vida y de la misión de la Iglesia. Sídney será un cenáculo, será un nuevo
Pentecostés si es escuela y oratorio de la Palabra.
Desde la Palabra de
Dios, el Espíritu Santo nos introduce en la comunión de la Iglesia, en el gozo
y en la responsabilidad de la pertenencia y de la corresponsabilidad eclesial,
sacramento universal de salvación, prolongación de la Buena Nueva de
Jesucristo, permanente cenáculo para la vida del mundo. No es posible la
evangelización sin el Espíritu y desde fuera o desde lejos de la Iglesia. La
eficacia de la misión pasa por la unidad, por la comunión, por la eclesialidad,
por la vida y por la oración incesante de la comunidad eclesial. Pasa también
por la renovación y la potenciación de la pastoral de los sacramentos de la
iniciación cristiana, muy singularmente de la Confirmación. Y, por supuesto, de
la Eucaristía, «Pentecostés perpetuo». Como ese Pentecostés que, a orillas del
Pacífico, sobre la bahía Jackson, está empezando a resonar y a soplar desde
Sídney: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y
seréis mis testigos». Qué así sea. Todos lo necesitamos.