Discurso en castellano de Benedicto XVI en la ceremonia de acogida de los jóvenes al Santo Padre
Escrito por Ecclesia Digital
jueves, 17 de julio de 2008
CEREMONIA DE ACOGIDA DE LOS JÓVENES
DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Muelle Barangaroo, Sydney
Jueves 17 de julio de 2008
Queridos jóvenes
Es una alegría poderos saludar aquí, en Barangaroo, a
orillas de la magnífica bahía de Sydney, con el famoso puente y la Opera House.
Muchos sois de este País, del interior o de las dinámicas comunidades
multiculturales de las ciudades australianas. Otros venís de las islas
esparcidas por Oceanía, y otros de Asia, del Oriente Medio, de África y de
América. En realidad, bastantes de vosotros viene de tan lejos como yo, de
Europa. Cualquiera que sea el País del que venimos, por fin estamos aquí, en
Sydney. Y estamos juntos en este mundo nuestro como familia de Dios, como
discípulos de Cristo, alentados por su Espíritu para ser testigos de su amor y
su verdad ante los demás.
Deseo agradecer a los Ancianos de los Aborígenes que me
han dado la bienvenida antes de subir al barco en la Rose Bay. Estoy muy
emocionado al encontrarme en vuestra tierra, conociendo los sufrimientos y las
injusticias que ha padecido, pero consciente también de la reparación y de la
esperanza que se están produciendo ahora, de lo cual pueden estar orgullosos
todos los ciudadanos australianos. A los jóvenes indígenas –aborígenes y
habitantes de las Islas del Estrecho de Torres– y Tokelauani les doy las
gracias por la conmovedora bienvenida. A través de vosotros envío un cordial
saludo a vuestros pueblos.
Señor Cardenal Pell, Señor Arzobispo Mons. Wilson: os doy
las gracias por vuestras calurosas expresiones de bienvenida. Sé que vuestros
sentimientos resuenan también en el corazón de los jóvenes reunidos aquí esta
tarde y, por tanto, doy las gracias a todos. Veo ante mí una imagen vibrante de
la Iglesia universal. La variedad de Naciones y culturas de las que provenís
demuestra que verdaderamente la Buena Nueva de Cristo es para todos y cada uno;
ella ha llegado a los confines de la tierra. Sin embargo, también sé que muchos
de vosotros estáis aún en busca de una patria espiritual. Algunos, siempre
bienvenidos entre nosotros, no sois católicos o cristianos. Otros, tal vez, os
movéis en los aledaños de la vida de la parroquia y de la Iglesia. A vosotros
deseo ofrecer mi llamamiento: acercaos al abrazo amoroso de Cristo; reconoced a
la Iglesia como vuestra casa. Nadie está obligado a quedarse fuera, puesto que
desde el día de Pentecostés la Iglesia es una y universal.
Esta tarde deseo incluir también a los que no están aquí
presentes. Pienso especialmente en los enfermos o los minusválidos psíquicos, a
los jóvenes en prisión, a los que están marginados por nuestra sociedad y a los
que por cualquier razón se sienten ajenos a la Iglesia. A ellos les digo: Jesús
está cerca de ti. Siente su abrazo que cura, su compasión, su misericordia.
Hace casi dos mil años, los Apóstoles, reunidos en la
sala superior de la casa, junto con María (cf. Hch 1,14) y algunas
fieles mujeres, fueron llenos del Espíritu Santo (cf. Hch 2,4). En aquel
momento extraordinario, que señaló el nacimiento de la Iglesia, la confusión y
el miedo que habían agarrotado a los discípulos de Cristo, se transformaron en
una vigorosa convicción y en la toma de conciencia de un objetivo. Se sintieron
impulsados a hablar de su encuentro con Jesús resucitado, que ahora llamaban
afectuosamente el Señor. Los Apóstoles eran en muchos aspectos personas
ordinarias. Nadie podía decir de sí mismo que era el discípulo perfecto. No
habían sido capaces de reconocer a Cristo (cf. Lc 24,13-32), tuvieron
que avergonzarse de su propia ambición (cf. Lc 22,24-27) e incluso
renegaron de él (cf. Lc 22,54-62). Sin embargo, cuando estuvieron llenos
de Espíritu Santo, fueron traspasados por la verdad del Evangelio de Cristo e
impulsados a proclamarlo sin temor. Reconfortados, gritaron: arrepentíos,
bautizaos, recibid el Espíritu Santo (cf. Hch 2,37-38). Fundada sobre la
enseñanza de los Apóstoles, en la adhesión a ellos, en la fracción del pan y la
oración (cf. Hch 2,42), la joven comunidad cristiana dio un paso
adelante para oponerse a la perversidad de la cultura que la circundaba (cf. Hch
2,40), para cuidar de sus propios miembros (cf. Hch 2,44-47), defender
su fe en Jesús ante en medio hostil (cf. Hch 4,33) y curar a los
enfermos (cf. Hch 5,12-16). Y, obedeciendo al mandato de Cristo mismo,
partieron dando testimonio del acontecimiento más grande de todos los tiempos:
que Dios se ha hecho uno de nosotros, que el divino ha entrado en la historia
humana para poder transformarla, y que estamos llamados a empaparnos del amor
salvador de Cristo que triunfa sobre el mal y la muerte. En su famoso discurso
en el areópago, San Pablo presentó su mensaje de esta manera: «Dios da a cada
uno todas las cosas, incluida la vida y el respiro, de manera que todos lo
pueblos pudieran buscar a Dios, y siguiendo los propios caminos hacia Él,
lograran encontrarlo. En efecto, no está lejos de ninguno de nosotros, pues en
Él vivimos, nos movemos y existimos» (cf. Hch 17, 25-28).
Desde entonces, hombres y mujeres se han puesto en camino
para proclamar el mismo hecho, testimoniando el amor y la verdad de Cristo, y
contribuyendo a la misión de la Iglesia. Hoy recordamos a aquellos pioneros
–sacerdotes, religiosas y religiosos– que llegaron a estas costas y a otras
zonas del Océano Pacífico, desde Irlanda, Francia, Gran Bretaña y otras partes
de Europa. La mayor parte de ellos eran jóvenes –algunos incluso con apenas
veinte años– y, cuando saludaron para siempre a sus padres, hermanos, hermanas
y amigos, sabían que sería difícil para ellos volver a casa. Sus vidas fueron
un testimonio cristiano, sin intereses egoístas. Se convirtieron en humildes
pero tenaces constructores de gran parte de la herencia social y espiritual que
todavía hoy es portadora de bondad, compasión y orientación a estas Naciones. Y
fueron capaces de inspirar a otra generación. Esto nos trae al recuerdo
inmediatamente la fe que sostuvo a la beata Mary MacKillop en su neta
determinación de educar especialmente los pobres, y al beato Peter To Rot en su
firme convicción de que la guía de una comunidad ha de referirse siempre al
Evangelio. Pensad también en vuestros abuelos y vuestros padres, vuestros
primeros maestros en la fe. También ellos han hecho innumerables sacrificios,
de tiempo y energía, movidos por el amor que os tienen. Ellos, con apoyo de los
sacerdotes y los enseñantes de vuestra parroquia, tienen la tarea, no siempre
fácil pero sumamente gratificante, de guiaros hacia todo lo que es bueno y
verdadero, mediante su ejemplo personal y su modo de enseñar y vivir la fe
cristiana.
Hoy me toca a mí. Para algunos puede parecer que,
viniendo aquí, hemos llegado al fin del mundo. Ciertamente, para los de vuestra
edad cualquier viaje en avión es una perspectiva excitante. Pero para mí, este
vuelo ha sido en cierta medida motivo de aprensión. Sin embargo, la vista de
nuestro planeta desde lo alto ha sido verdaderamente magnífica. El relampagueo
del Mediterráneo, la magnificencia del desierto norteafricano, la exuberante
selva de Asia, la inmensidad del océano Pacífico, el horizonte sobre el que
surge y se pone el sol, el majestuoso esplendor de la belleza natural de Australia,
todo eso que he podido disfrutar durante dos días, suscita un profundo sentido
de temor reverencial. Es como si uno hojeara rápidamente imágenes de la
historia de la creación narrada en el Génesis: la luz y las tinieblas, el sol y
la luna, las aguas, la tierra y las criaturas vivientes. Todo eso es «bueno» a
los ojos de Dios (cf. Gn 1, 1-2. 2,4). Inmersos en tanta belleza, ¿cómo
no hacerse eco de las palabras del Salmista que alaba al Creador: «!Qué
admirable es tu nombre en toda la tierra!» (Sal 8,2)?
Pero hay más, algo difícil de ver desde lo alto de los
cielos: hombres y mujeres creados nada menos que a imagen y semejanza de Dios
(cf. Gn 1,26). En el centro de la maravilla de la creación estamos
nosotros, vosotros y yo, la familia humana «coronada de gloria y majestad» (cf.
Sal 8,6). ¡Qué asombroso! Con el Salmista, susurramos: «Qué es el hombre
para que te acuerdes de él?» (cf. Sal 8,5). Nosotros, sumidos en el
silencio, en un espíritu de gratitud, en el poder de la santidad,
reflexionamos.
Y ¿qué descubrimos? Quizás con reluctancia llegamos a
admitir que también hay heridas que marcan la superficie de la tierra: la
erosión, la deforestación, el derroche de los recursos minerales y marinos para
alimentar un consumismo insaciable. Algunos de vosotros provienen de
islas-estado, cuya existencia misma está amenazada por el aumento del nivel de
las aguas; otros de naciones que sufren los efectos de sequías desoladoras. La
maravillosa creación de Dios es percibida a veces como algo casi hostil por parte
de sus custodios, incluso como algo peligroso. ¿Cómo es posible que lo que es
«bueno» pueda aparecer amenazador?
Pero hay más aún. ¿Qué decir del hombre, de la cumbre de
la creación de Dios? Vemos cada día los logros del ingenio humano. La cualidad
y la satisfacción de la vida de la gente crece constantemente de muchas
maneras, tanto a causa del progreso de las ciencias médicas y de la aplicación
hábil de la tecnología como de la creatividad plasmada en el arte. También
entre vosotros hay una disponibilidad atenta para acoger las numerosas
oportunidades que se os ofrecen. Algunos de vosotros destacan en los estudios,
en el deporte, en la música, la danza o el teatro; otros tienen un agudo
sentido de la justicia social y de la ética, y muchos asumen compromisos de
servicio y voluntariado. Todos nosotros, jóvenes y ancianos, tenemos momentos
en los que la bondad innata de la persona humana –perceptible tal vez en el
gesto de un niño pequeño o en la disponibilidad de un adulto para perdonar– nos
llena de profunda alegría y gratitud.
Sin embargo, estos momentos no duran mucho. Por eso,
hemos de reflexionar algo más. Y así descubrimos que no sólo el entorno
natural, sino también el social –el hábitat que nos creamos nosotros
mismos– tiene sus cicatrices; heridas que indican que algo no está en su sitio.
También en nuestra vida personal y en nuestras comunidades podemos encontrar
hostilidades a veces peligrosas; un veneno que amenaza corroer lo que es bueno,
modificar lo que somos y desviar el objetivo para el que hemos sido creados.
Los ejemplos abundan, como bien sabéis. Entre los más evidentes están el abuso
de alcohol y de drogas, la exaltación de la violencia y la degradación sexual,
presentados a menudo en la televisión e internet como una diversión. Me pregunto
cómo uno que estuviera cara a cara con personas que están sufriendo realmente
violencia y explotación sexual podría explicar que estas tragedias,
representadas de manera virtual, han de considerarse simplemente como
«diversión».
Hay también algo siniestro que brota del hecho de que la
libertad y la tolerancia están frecuentemente separadas de la verdad. Esto está
fomentado por la idea, hoy muy difundida, de que no hay una verdad absoluta que
guíe nuestras vidas. El relativismo, dando en la práctica valor a todo,
indiscriminadamente, ha hecho que la «experiencia» sea lo más importante de
todo. En realidad, las experiencias, separadas de cualquier consideración sobre
lo que es bueno o verdadero, pueden llevar, no a una auténtica libertad, sino a
una confusión moral o intelectual, a un debilitamiento de los principios, a la
pérdida de la autoestima, e incluso a la desesperación.
Queridos amigos, la vida no está gobernada por el azar,
no es casual. Vuestra existencia personal ha sido querida por Dios, bendecida
por él y con un objetivo que se le ha dado (cf. Gn 1,28). La vida no es
una simple sucesión de hechos y experiencias, por útiles que pudieran ser. Es
una búsqueda de lo verdadero, bueno y hermoso. Precisamente para lograr esto
hacemos nuestras opciones, ejercemos nuestra libertad y en esto, es decir, en
la verdad, el bien y la belleza, encontramos felicidad y alegría. No os dejéis
engañar por los que ven en vosotros simplemente consumidores en un mercado de
posibilidades indiferenciadas, donde la elección en sí misma se convierte en
bien, la novedad se hace pasar como belleza y la experiencia subjetiva suplanta
a la verdad.
Cristo ofrece más. Es más, ofrece todo. Sólo él, que es
la Verdad, puede ser la Vía y, por tanto, también la Vida. Así, la «vía» que
los Apóstoles llevaron hasta los confines de la tierra es la vida en Cristo. Es
la vida de la Iglesia. Y el ingreso en esta vida, en el camino cristiano, es el
Bautismo.
Por tanto, esta tarde deseo recordar brevemente algo de
nuestra comprensión del Bautismo, antes de que mañana consideremos el Espíritu
Santo. El día del Bautismo, Dios os ha introducido en su santidad (cf. 2 P
1,4). Habéis sido adoptados como hijos e hijas del Padre y habéis sido
incorporados a Cristo. Os habéis convertido en morada de su Espíritu (cf. 1
Co 6,19). Por eso, al final del rito del Bautismo el sacerdote se dirigió a
vuestros padres y a los participantes y, llamándoos por vuestro nombre, dijo:
«Ya eres nueva criatura» (Ritual del Bautismo, 99).
Queridos amigos, en casa, en la escuela, en la
universidad, en los lugares de trabajo y diversión, recordad que sois criaturas
nuevas. Cómo cristianos, estáis en este mundo sabiendo que Dios tiene un rostro
humano, Jesucristo, el «camino» que colma todo anhelo humano y la «vida» de la
que estamos llamados a dar testimonio, caminando siempre iluminados por su luz
(cf. ibíd., 100).
La tarea del testigo no es fácil. Hoy muchos sostienen
que a Dios se le debe “dejar en el banquillo”, y que la religión y la fe,
aunque convenientes para los individuos, han de ser excluidas de la vida
pública, o consideradas sólo para obtener limitados objetivos pragmáticos. Esta
visión secularizada intenta explicar la vida humana y plasmar la sociedad con
pocas o ninguna referencia al Creador. Se presenta como una fuerza neutral,
imparcial y respetuosa de cada uno. En realidad, como toda ideología, el
laicismo impone una visión global. Si Dios es irrelevante en la vida pública,
la sociedad podrá plasmarse según una perspectiva carente de Dios. Sin embargo,
la experiencia enseña que el alejamiento del designio de Dios creador provoca
un desorden que tiene repercusiones inevitables sobre el resto de la creación
(cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz, 1990, 5). Cuando Dios queda eclipsado, nuestra capacidad de
reconocer el orden natural, la finalidad y el «bien», empieza a disiparse. Lo
que se ha promovido ostentosamente como ingeniosidad humana se ha manifestado
bien pronto como locura, avidez y explotación egoísta. Y así nos damos cuenta
cada vez más de lo necesaria que es la humildad ante la delicada complejidad
del mundo de Dios.
Y ¿que decir de nuestro entorno social? ¿Estamos
suficientemente alerta ante los signos de que estamos dando la espalda a la
estructura moral con la que Dios ha dotado a la humanidad (cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz, 2007, 8)? ¿Sabemos reconocer que la dignidad innata de toda
persona se apoya en su identidad más profunda –como imagen del Creador– y que,
por tanto, los derechos humanos son universales, basados en la ley natural, y
no algo que depende de negociaciones o concesiones, fruto de un simple
compromiso? Esto nos lleva reflexionar sobre el lugar que ocupan en nuestra sociedad
los pobres, los ancianos, los emigrantes, los que no tienen voz. ¿Cómo es
posible que la violencia doméstica atormente a tantas madres y niños? ¿Cómo es
posible que el seno materno, el ámbito humano más admirable y sagrado, se haya
convertido en lugar de indecible violencia?
Queridos amigos, la creación de Dios es única y es buena.
La preocupación por la no violencia, el desarrollo sostenible, la justicia y la
paz, el cuidado de nuestro entorno, son de vital importancia para la humanidad.
Pero todo esto no se puede comprender prescindiendo de una profunda reflexión
sobre la dignidad innata de toda vida humana, desde la concepción hasta la
muerte natural, una dignidad otorgada por Dios mismo y, por tanto, inviolable.
Nuestro mundo está cansado de la codicia, de la explotación y de la división,
del tedio de falsos ídolos y respuestas parciales, y de la pesadumbre de falsas
promesas. Nuestro corazón y nuestra mente anhelan una visión de la vida donde
reine el amor, donde se compartan los dones, donde se construya la unidad,
donde la libertad tenga su propio significado en la verdad, y donde la
identidad se encuentre en una comunión respetuosa. Esta es obra del Espíritu
Santo. Ésta es la esperanza que ofrece el Evangelio de Jesucristo. Habéis sido
recreados en el Bautismo y fortalecidos con los dones del Espíritu en la
Confirmación precisamente para dar testimonio de esta realidad. Que sea éste el
mensaje que vosotros llevéis al mundo desde Sydney.