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LA
NAVE Y EL PESCADOR SOBRE LA BAHÍA
Todos están invitados a subirse a ella, Nadie está
obligado a quedarse fuera 
Hay imágenes que se queda grabadas para
siempre en la retina y en el corazón. Muchos pueden ser los motivos y los
elementos mediante los cuales estas imágenes logren este efecto. Algunos de
ellos son la belleza, la singularidad, la excepcional, el contenido, la
predisposición, la sorpresa… Todos estos aspectos confluían en la tarde del
jueves 17 de julio en la bahía Jackson de Sídney cuando comenzaba el atardecer.
Y a buen seguro que para tantos de los cerca de medio millón de personas que
estuvieron en ella, la tarde del 17 de julio será una de esas imágenes que se
conserven para siempre.
Contó el arzobispo de Sídney, cardenal
George Pell, que desde 1884 no se producía un recibimiento de tal magnitud y de
tales características en Barangaroo, en el muelle de la bahía, al menos para un
católico. Entonces, en 1884, el día 8 de septiembre, a este lugar de ensueño
llegaba el primer arzobispo católico. Se trataba de monseñor Francis Patrick
Moran, quien tras meses de singladura en la nave “La Liguria”, arribaba, por
fin, al puerto. Veinte buques, llevando a miles de católicos, cubiertos de
banderas y de flores, zarparon de Circular Quay para acompañar a la embarcación
que le traía a su pastor, a su primer obispo católico. Monseñor Moran quedó
sobrecogido ante el recibimiento y alabó la hospitalidad y la fe que encontraba
en esta remota y desconocida tierra austral del Espíritu Santo.
En la tarde del 17 de julio de 2008
eran muchas más las personas que esperan a su pastor. Si el 8 de septiembre de
1884 Sídney contaba con 270.000 habitantes, ahora esta cifra se duplicaban tan
solo en el número de peregrinos venidos hasta la ciudad para la XXIII JMJ, y
Sídney hoy cuenta con una población cercana a los cinco millones de habitantes.
En la tarde del 17 de julio de 2008 además
había varios miles de sacerdotes y varios cientos de obispos y de cardenales.
La embarcación que traía al ilustre visitante no era ya “La Liguria” sino un
moderno barco llamado “Sídney 2008”, de la empresa naviera “Thomas Cook”, la
misma que cada día y cada noche recorre cientos de veces la bahía. La tarde era
de invierno –este invierno suave, templado y hermoso de Sídney-, pero era
también, y por ello y por tantas razones, tarde bella y cuajada de primavera
como la de aquel 8 de septiembre de 1884.
La nave de
la Iglesia
En la nave del pastor –mejor, en la
nave del pescador- iban jóvenes, obispos y sacerdotes de los cinco continentes,
de todos sus mares y costas, de todas sus montañas y valles. Entre los
españoles montados en la embarcación iban los cardenales de Madrid, Toledo y
Barcelona, el obispo de Cartagena y sus dos acompañantes, el delegado diocesano
de Pastoral Juvenil de Toledo y otros jóvenes. Junto a pescador, junto a Pedro
–nuestro querido Pedro actual, BXVI para más señas…- iban jóvenes de distintas
nacionalidades y razas, como un joven aborigen, ataviado y pintado al efecto
para la ocasión.
La nave tomó tierra y el sol del
atardecer austral dibujó sobre el mar y sobre el horizonte sus hermosos tonos
cárdeno y oro. La nave es la mejor imagen de la Iglesia. En la nave “Sídney
2008” cabían todos, todos estábamos representados porque a nadie se le obliga a
quedar fuera de ella, fuera de la Iglesia. Y menos aún a los jóvenes,
centinelas de la mañana, esperanza de una humanidad nueva y mejor.
La tarde austral comenzaba sugerente y
lentamente a declinar. La Palabra de Dios era entronizada mediante una
hermosísima ceremonia aborigen. Sonaban de nuevo los cuernos que avistan y
anuncian la llegada de la nave, la llegada de algo definitivo y excepcional: es
el Espíritu Santo que, aleteando y navegando sobre las aguas, los mares y los
océanos, quiere hacer del cenáculo de Sídney lo que hizo hace dos mil años del
cenáculo de Jerusalén: una explosión de fe, de gozo y de testimonio, un nuevo
Pentecostés sobre la Iglesia y el mundo.
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