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ABC Tercera
POR NORBERTO ALCOVER S. J., Profesor de Comunicación en la Universidad Pontificia Comillas
«HOY deseo animaros a
vosotros y a vuestros hermanos para que prosigáis en el camino de la misión,
con plena fidelidad a vuestro carisma originario, en el contexto eclesial y
social propio de este inicio de milenio» (Del discurso de Benedicto XVI a los
miembros de la Congregación General XXXV, el 21 de febrero de 2008)...
El 31 de julio de 1556, tal
día como hoy, moría en Roma Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de
Jesús. Mientras agonizaba, su fiel secretario y auténtica conciencia latente
del difunto, el burgalés Juan Alfonso de Polanco, corría al Vaticano para
conseguir una última bendición de Paulo IV. Cuando Polanco retornaba con ese
deseado gesto papal, el Padre Maestro Ignacio ya había fallecido en presencia
de los PP. Madrid y Frusio. Desde tal momento, vivido en la oscuridad de la
famosas camarette todavía conservadas y rehabilitadas de manera excelente, han
pasado más de quinientos años. Y todavía hoy, podemos contemplar la serenidad
del rostro de aquel hombre decisivo para la Iglesia Católica de su tiempo y del
tiempo futuro, en la mascarilla de ese mismo rostro que, inmediatamente, se
obtuvo tras su muerte. Ignacio de Loyola había pasado al Dios que fuera su
Principio y Fundamento, pero también la raíz de su Contemplación para alcanzar
Amor. Y dejaba tras de sí un grupo de amigos en el Señor, que se hacían llamar
compañeros de Jesús. Su cadáver reposa en la capilla mayor de la Iglesia de la
Compañía en Roma, en la parte del evangelio. Todo un signo.
Este año de 2008, la
celebración de su festividad tiene lugar cuando todavía ilumina el cuerpo
entero de la Compañía de Jesús, la Congregación General XXXV, en la que ha sido
elegido sucesor de Ignacio de Loyola, otro español, el palentino Adolfo
Nicolás, y en consecuencia, también se ha renovado en profundidad el equipo de
gobierno que le ayudara a determinar las futuras respuestas de los jesuitas en
los próximos años a lo largo y ancho del mundo, según los Documentos emanados
en la citada Congregación General. Tales textos están introducidos por la
respuesta de la Compañía entera al ya célebre discurso que Benedicto XVI
pronunciara ante el conjunto de los participantes en el gran evento romano, el
21 de febrero, días antes de la clausura de los trabajos congregacionales. Un
discurso ya histórico en los anales de los jesuitas contemporáneos, y que
recoge en clave papal las esperanzas y deseos del sucesor de Pedro pero también
de aquel Paulo IV que le enviara su bendición al moribundo Ignacio, y que no
llegó a tiempo. Misteriosa anécdota en el conjunto de tantas otras que han
punteado las relaciones de la Compañía de Jesús con la Santa Sede. Y que, en
general, se han interpretado con exagerada parcialidad.
Precisamente por esta razón,
hemos encabezado estas líneas conmemorativas de la muerte de Ignacio y la
celebración de su festividad, con unas palabras tomadas del discurso ya
comentado de Benedicto XVI, el Pontífice que ha querido recuperar a los
jesuitas como cercanos colaboradores suyos, tras una larga época de meditativo
silencio en virtud de su adhesión inquebrantable a la sede de Pedro. Y lo que
transmite el Papa teólogo y buen conocedor de la Compañía de Jesús, como
demuestra el discurso en cuestión, es su deseo de que los jesuitas sean lo que
Ignacio decidió que fueran, siempre en virtud de la Bula papal que constituyó a
la Compañía y de sus Constituciones, en las que el fundador desarrolló el
núcleo, muy bien estructurado y redactado, del conjunto de características del
cuerpo eclesial que el hombre de Loyola forjó desde el seguimiento de
Jesucristo más intenso pero no menos desde la vinculación más radical a su
Cuerpo, que es la Iglesia Católica. Que sean lo que dicen ser. Que sean lo que
la Iglesia ratificó desde sus orígenes. Que, en palabras del mismo Papa,
mantengan «la plena fidelidad al carisma ignaciano».
En su momento histórico,
Ignacio intuyó que ante la Reforma Luterana era necesaria una Reforma Católica.
Está clara la razón: más que una confrontación directa y tal vez ofensiva con
las nuevas fuerzas religiosas pero también políticas, era del todo urgente una
conversión interior de los miembros de la Iglesia Católica, de tal forma que
los argumentos esgrimidos y proclamados por Lutero no fueran objeto tanto de
controversia estéril como de una renovada vida de fe, de esperanza y de amor
fraterno en las personas y en la colectividad fiel a Roma. Desde esta óptica,
la misión clave de los nuevos jesuitas fue la dirección de aquellos extraños
Ejercicios Espirituales que, nacidos en la catalana Manresa, acabaron por
escribirse en Roma, obra de un Ignacio ya envejecido y místico. Ésta fue la
gran intuición ignaciana: desarrollar una misión eclesial que transformara a
las personas en su núcleo más decisorio, es decir, que vivieran con radicalidad
la voluntad de Dios sobre cada una de sus criaturas, más tarde salvadas y
liberadas por Jesucristo. Y por esta razón, en el corazón de los Ejercicios
Espirituales, si es que se realizan ignacianamente y sin perversiones, surge la
urgencia del Discernimiento como instrumento teológico, espiritual y hasta
psicológico para descubrir esta voluntad divina siempre perseguida. Tanto es
así que, en el discurso citado de Benedicto XVI, la última recomendación papal,
a la Compañía reunida en Congregación General, fue la necesidad que tiene la
Iglesia de los Ejercicios Espirituales como «un don que el Espíritu ha hecho a
la Iglesia entera».
Por ahí discurre la intuición
ignaciana y además la vertebración de su actividad evangelizadora: ir a las
fuentes de la realidad, de la realidad de las personas y de la realidad de las
culturas, razón por la que se hace necesario estar en la frontera. Hoy en día,
ya no se trata de fronteras geográficas, desde que la globalización es un
hecho, sino de esas fronteras culturales que subyacen en sociedades y en
personas hasta crear en su más íntima razón de ser esas contradicciones que
caracterizan al conjunto de nuestra contemporaneidad. Unas fronteras que, en
definitiva, se reducen a una sola: la que la secularidad rampante ha
establecido entre la Razón y la Fe. En tal frontera, cual filo de la navaja
cultural, Benedicto XVI solicita de los jesuitas que estén. Y que sean capaces
de mantenerse fieles a la Iglesia precisamente cuando el temporal azote sus
vidas: ser capaces de arriesgar pero también de soportar por obediente amor a
la Iglesia.
El lector que lo desee puede
visitar la habitación en la que murió Ignacio de Loyola un 31 de julio de 1556,
y en ella hasta es posible celebrar y participar en la Eucaristía. Es una
experiencia sobrecogedora: en ese humilde lugar, de extremada austeridad, pasó
al Padre un hombre pequeño de estatura pero gigantesco en fidelidad. Pero sobre
todo, un hijo adulto de la Santa Iglesia, a la que siempre sirvió desde una
obediencia creativa. Es decir, en los riesgos de la frontera. Casi nada.
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