EL pasado día 20 de julio concluía la Jornada Mundial de la Juventud en
Sydney. Un acontecimiento que la Iglesia Católica viene celebrando con sus
jóvenes en Roma y fuera de Roma desde los días más dinámicos del Pontificado
del Siervo de Dios Juan Pablo II pocos años después del atentado sufrido por él
en la Plaza de San Pedro, el 13 de mayo de 1981.
El Papa, venido de la Polonia comunista, experto de «los
tiempos recios» en el trato sacerdotal y en el cuidado pastoral de los jóvenes
universitarios de Cracovia, lanzó a la Iglesia en el año mundial de la juventud
el reto pastoral formidable de evangelizar a una nueva juventud, venida por una
parte, de una vivencia de sus tradiciones familiares, religiosas, políticas y
culturales, puestas radicalmente en cuestión -del iconoclasta y revolucionario
«prohibido prohibir» de los universitarios franceses del «mayo del 68»- y, por
otra, de una experiencia superficial y confusa de la Iglesia postconciliar,
marcada por un acentuado «temporalismo» a la hora de concebir y vivir la
vocación cristiana. El Papa Wojtyla actúa en la línea de una pastoral directa
que sin rodeos de complicados recursos pedagógicos, personales y/o sociales,
pendientes de los factores psicológicos y sociológicos de moda, quiere y busca
situar a los jóvenes ante la persona de Jesucristo, «el Emmanuel», «el Dios con
nosotros», y ante su obra salvadora: ¡ante el tú a tú con Él! Más aún les cita
en la Iglesia como el único lugar humano y espiritual donde el encuentro pleno
y salvador con Jesucristo es posible.
La iniciativa de las Jornadas Mundiales de la Juventud
Católica nacía así como una consecuencia pastoral obvia de la preocupación
eminentemente apostólica, sentida y proyectada en el mejor «estilo paulino», de
un Papa que ama profundamente a los jóvenes. Su respuesta ¡la respuesta de los
jóvenes del mundo! a esta solicitud paternal de Juan Pablo II, a lo largo de ya
veintitrés años de fascinante historia de sintonía y simpatía mutuas,
continuada con Benedicto XVI, no pudo ser ni más conmovedora ni más bella. Las
Jornadas celebradas en los más variados y emblemáticos escenarios de la
sociedad y de la Iglesia universales -Roma, Santiago de Compostela,
Czestochowa, Denver, Manila, París, de nuevo Roma, Toronto, Colonia, Sydney-
constituyen la prueba inequívoca del acierto pastoral del camino y de la forma
elegida para el encuentro de la nueva juventud del III Milenio con Jesucristo,
Él que era, Él que es y Él que será su verdadero salvador.
Los frutos: de conversión, de opciones vocacionales por el
sacerdocio y la vida consagrada, de los compromisos de vida apostólica,
entregada al bien integral de los demás, han sido incontables. ¡Sólo Dios los
sabe! ¿Y quién puede medir y valorar el impacto producido por esos actos de
testimonio y profesión de la fe cristiana, expresados en los grandes momentos
de las Jornadas presididos por el Papa, rodeado de los Obispos de toda la
Iglesia, en la población de las ciudades y en las sociedades de los países que
los acogían? En cualquier caso, el comportamiento de los centenares de miles y,
en algunas ocasiones, de los millones de jóvenes participantes, de una finura
espiritual y de una calidad humana extraordinarias, sorprendió y admiró a la
opinión pública ¡No sólo era posible otra juventud sino que ésta estaba y está
germinando en la Iglesia y en el mundo!
Desde Santiago de Compostela, desde aquella Jornada
eminentemente jacobea, en la que «una riada juvenil, nacida en las fuentes de
todos los países de la Tierra», guiada y conducida por Juan Pablo hasta el
Sepulcro del Apóstol Santiago, el Patrono de España, los jóvenes católicos y
otros muchos, amigos y conocidos suyos, se han dispuesto a responder a las
sucesivas llamadas del Papa para las grandes convocatorias de las Jornadas
Mundiales de la Juventud con el espíritu y la actitud del peregrino que,
siguiendo el itinerario transformador de la peregrinación cristiana, se despoja
de sí mismo ¡de «su hombre viejo»! para poder llegar al Pórtico de la Gloria, y
alcanzarla como «el hombre nuevo» que, incorporado a Cristo con todo el
corazón, con toda el alma y con todas sus fuerzas, no tiene miedo a ser santo.
En el Monte del Gozo compostelano, en la Homilía del Papa en aquella luminosa
mañana del 20 de agosto de 1989, resonó aquella su invitación a los jóvenes
presentes a decidirse por el camino de la santidad como una incitante y
contagiosa exhortación a ser libres en Cristo: ¡a vivir la libertad verdadera,
con la que Cristo nos había liberado!
La última estación de esa peregrinación juvenil por todos
los caminos del mundo ha sido Sydney, la ciudad quizás más hermosa de ese
quinto Continente, el de los mares de la Cruz del Sur, que el 14 de mayo de
1606, Fiesta de Pentecostés, Pedro Fernández de Quirós, un marino al servicio
de Su Majestad el Rey de España, la había denominado «Austrialía del Espíritu
Santo» y donde, un siglo y medio más tarde, un benedictino español nacido en la
histórica y episcopal ciudad gallega de Tuy, huido de «la desamortización»,
iniciará una labor de evangelización con los aborígenes cuya estela llega hasta
el hoy de la Iglesia en Australia. Unos cuatrocientos mil jóvenes de todos los
continentes -con una presencia muy llamativa de jóvenes del Continente
Asiático- ofrecían al mundo en torno al Papa, al que se habían unido muchos de
sus Obispos y sacerdotes, la realidad de una nueva generación de jóvenes que,
llenos de la fuerza del Espíritu Santo, se presentaban como testigos valientes
y gozosos del Evangelio de Jesucristo, «Camino, Verdad y Vida» para el hombre
de todos los tiempos y de todas las razas. Como «un tsunami de fe y de alegría»
describía uno de los diarios más conocidos de Australia lo que había acontecido
en Sydney. Al final de la celebración de la solemnísima Eucaristía, en la
mañana del pasado 20 de julio, anunciaba Benedicto XVI que la próxima Jornada
Mundial, en el año 2011, tendría lugar en Madrid (España). El júbilo de los
jóvenes madrileños y de los demás españoles presentes en el hipódromo de
Randwick, lugar del acto final de la Jornada de Sydney, estalló con un
entusiasmo indescriptible que contagió a aquella magna Asamblea Litúrgica
juvenil, imagen espléndida de lo que algunos llaman «la Iglesia joven» del III
Milenio. En el rostro de sus pastores y muy singularmente, en los ojos del
propio Santo Padre, se podía descubrir el reflejo indisimulado de la alegría de
sus jóvenes.
¡Todo un compromiso para la Iglesia en Madrid y en toda
España! ¡Un compromiso, sobre todo, de carácter apostólico que nos atañe
naturalmente a todos, -pastores y fieles-, pero, muy directa y específicamente,
a los jóvenes! Al compromiso ha precedido una gracia singular del Señor,
recibida a través de la decisión del Papa. ¡Gracia para nuestras Iglesias
Diocesanas a las que se les reclama reconocer y recordar el gran patrimonio de
santidad y de espíritu misionero, heredado de nuestros mayores, en bien de los
jóvenes de España y del mundo! Y, un bien de valor excepcional para todo
nuestro pueblo que sabrá acoger, de acuerdo con su mejor tradición, a los
jóvenes del mundo, como a Cristo, según la máxima benedictina: «hospes sint
Christus».
ANTONIO MARÍA ROUCO VARELA
Cardenal Arzobispo de Madrid y presidente
de la Conferencia Episcopal
|