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CARTA A JUAN PABLO
I, SEMANAS
DESPUÉS DE SU MUERTE DE HACE TREINTA AÑOS (Reproduzco también
un artículo que escribí hace treinta años, semanas después de la muerte del
Papa Juan Pablo I. Fue publicado en la Hoja diocesana “El Eco” de
Sigüenza-Guadalajara con fecha 12 de noviembre de 1978.) Jesús de las Heras Muela
Querido Juan Pablo I, Ilustrísimo Señor:
Estoy
leyendo tu “Ilustrísimos señores”, ¿sabes? Y a medida que paso las páginas y
leo las cartas siento una gran emoción, una inmensa alegría y un enorme
agradecimiento. Y también unas tremendas ganas de emularte y de dirigirte hoy a
ti una carta. Además te escribo el día de la solemnidad de Todos los Santos…
Luego te diré.
Una muerte imposible
¿Y qué contarte
ahora, Ilustrísimo señor, querido y efímero Papa de la sonrisa? Bueno, te
podría decir, en primer lugar, que nos diste un gran disgusto cuando nos
abandonaste, tendido en el lecho, sonriente, y en espera del alba. Yo no me lo
podía creer al día siguiente.
-- “¿Cómo que se ha muerto el
Papa? Eso fue el mes pasado”, le dije a mi madre cuando al levantarme me dio la
noticia.
Sí, tú muerte me parecía
imposible, absurda. Incluso pensé que cómo Dios había podido tolerarlo. Ya
sabes: cuando las cosas no salen como nosotros queremos, le preguntamos a Dios
los por qué.
Y es que eras apenas Pedro, apenas
una esperanza, apenas una sonrisa, apenas un mes, apenas unas cuantas
alocuciones y catequesis –eso sí, sobre todo, catequesis: se te veía madera de
extraordinario catequista-, apenas, apenas… y ya habías logrado cautivarnos a
todos.
Tu historia en el pontificado
estaba empezando a escribirse con trazos de esperanza, de sencillez y de
alegría. Nos las prometíamos felices. Pero tú te fuiste, casi, casi como
llegaste: quedamente, de sorpresa, de puntillas y con una sonrisa a flor de
labios que iluminaba –cuenta- tu rostro y ponía alegría y alegría en el corazón
de los hombres en medio de la desolación.
Un gorrión en la
última rama del árbol
Se no había muerto el Papa de la
sonrisa. El Papa que escribía a Pinocho y a Jesús; el Papa que habló de que
Dios es padre y madre a la vez; el Papa que decía de sí mismo que era como un pobre gorrión
que, en la última rama del árbol, no hace más que piar, diciendo algún que otro
pensamiento sobre temas complejísimo. Y ese eras tú; antes Albino Luciani,
ahora Juan Pablo I. Y tú había marchado
También te
podría decir que la Iglesia quedó más huérfana que nunca, más triste que nunca.
Que a todos se nos congeló la sangre. Y que todos tardamos un poco más de lo
habitual en hacer cábalas y poner y quitar pétalos a la inevitable “rosa de los
Papables”. También hubo quien habló de tu muerte y dijo cosas raras, más
absurdas todavía. Y en el fondo de los corazones había dolor, había tristeza,
mientras que tú, con su sonrisa postrera, nos hablabas de todo ello de fe, de
esperanza, de amor… De sonrisa.
Y te
enterraron. Fue el día de San Francisco de Asís, el 4 de octubre. No podía ser
otra fecha: el patrono de los sencillos y los humildes que guiaba así a la Casa
del Padre. El “poverello”, tu “poverello”, el de la hermana vida y el de la
hermana muerte, el del hermano sol y la hermana luna, el hermano mayor de los
humildes, tu hermano, pues, querido Juan Pablo I, Pedro apenas.
Y te
enterraron, sí. Aquel día llovía sobre Roma. El día que te eligieron Papa, la
tarde del sábado 26 de agosto, era un día luminoso, como lo fue la mañana del
domingo 3 de septiembre, en que comenzabas tu ministerio en la Plaza de San
Pedro de Roma. ¿Qué pensarías el 26 de agosto, el 3 de septiembre? ¿Qué
pensarías? ¿Qué pensarías en la noche del jueves 28 de septiembre cuando llegó
tu hora? Sonreías.
La Iglesia vuelve a
sonreír
Y los días
pasaron. Las fechas se acercaban. Los nombres de tus posibles sucesores
comenzaron a sonar. La vida no se detiene. Se buscaba un pastor que supiera
sonreír, esperar y amar como tú. El 14 de octubre los cardenales se reunieron,
de nuevo, en cónclave. Dos días después, a las 18,18 horas, una bocanada de
aire puro y blanco surcaba el cielo de Roma. ¡Habemus Papam! Media hora después
el nombre de la persona que era y que sería: Cardenal Karol Wojtyla, Papa Juan
Pablo II. Pasadas las siete y cuarto, más o menos a la misma hora de tu
elección mes y medio antes, aparecía en el balcón central de la basílica
vaticana el nuevo Papa. Saludaba y bendecía al mundo. También sonreía, aun
preso de la conmoción fruto de la elección. Ya tenías sucesor. Ya teníamos
Papa.
Y quizás nos
olvidamos de ti. El ritmo acelerado de la actualidad y de la vida parecía
reclamarlo, aun cuando siempre quedaba la duda: ¿Por qué? ¿Por qué dos
elecciones papales en mes y medio? ¿Está diciéndonos algo el Señor? Dios
siempre habla. Y nos olvidamos de ti, aunque a algunos les dio por la
martingala de hacer cábalas sobre tu muerte… En cualquier caso, ¿sabes?, Juan
Pablo II también sonreía, esperaba, amaba y llenaba el corazón de alegría.
Al paraíso
Y hoy,
querido Juan Pablo I, leyendo tus cartas, mi pensamiento se vuelve a ti. Además
–ya te lo dije antes- hoy 1 de noviembre de 1978. Ya habrías cumplido 66 años.
Ahora lo cumples en el cielo. Porque hoy, 1 de noviembre, solemnidad de Todos
los Santos, es tu fiesta. Seguro.
Y es que,
Ilustrísimo señor, querido Juan Pablo I, apenas Pedro, a ti se puede aplicar
aquello que cuentas en la página 186 de tu libro. Es la carta que diriges a
Santa Teresita de Lisieux. Trata de un irlandés que estaba dudando ante su
salvación y cuando se presentó a Cristo y le trajo el bagaje de su vida, el
Señor le dijo:
-- “… estaba triste, decaído, postrado, y tu viniste a verme y me
contaste unos chistes que me hicieron reír y me devolvieron el ánimo. ¡Al
paraíso!”.
Pues eso,
querido Juan Pablo I, ilustrísimo señor, durante al menos treinta y tres días
le diste a este mundo nuestro, tantas veces triste y decaído, esperanza,
alegría y… un sonrisa. ¡Al paraíso!
Acabo ya.
Pero me permíteme una petición: qué no te olvides de nosotros y que la
proyección de tu sonrisa y de tu esperanza siga iluminando nuestro corazón y
nuestros caminos.
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