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Queridos diocesanos:
Raro es el pueblo en nuestra
tierra que no celebra una fiesta en el mes de agosto. Algunas coinciden con las
fiestas propias de este mes, dedicadas al Señor, a la Virgen o a algún santo,
como El Salvador, la Asunción de María, San Lorenzo, San Roque, San Bartolomé…
Otras son trasladadas a este mes en razón de los que
retornan a los pueblos, de los visitantes o de los turistas. Así nos
encontramos con que en algunos pueblos se celebra en agosto la fiesta del Santo
Cristo, de la Inmaculada, de la Candelaria, de la Soledad, de San Sebastián, de
de San Blas…En otros casos han inventado “las fiestas de agosto”, aunque no
hubiera tradición, porque hay que celebrar una fiesta aprovechando que los
pueblos está llenos.
Como en todas
las religiones, también en la cristiana y en la Iglesia Católica, la fiesta es
algo esencial. Por eso hablamos tanto de celebraciones. Celebramos el
nacimiento a la fe y a la incorporación a la Iglesia por el Bautismo,
celebramos todos los acontecimientos más importantes de la vida de los
creyentes y de las comunidades, celebramos los sacramentos, celebramos incluso
la muerte cristiana. El culmen de la fiesta y de las celebraciones es la
Eucaristía. Además de ser el Memorial de la Muerte y Resurrección del Señor,
que se renueva y actualiza en esta celebración, la Eucaristía es también comida
y bebida fraterna, y el domingo es el Día del Señor, la gran fiesta de los
cristianos.
Además del
domingo y de otras fiestas del Señor, celebramos numerosas fiestas de Nuestra
Señora la Virgen María con las más diversas advocaciones relativas a sus
misterios o manifestaciones de la piedad popular. Son numerosas también las
fiestas de los Ángeles, de los Arcángeles y de los Santos.
La mayoría
de las fiestas que celebramos en nuestro ámbito cultural e histórico tienen
origen cristiano, independientemente de que algunas fueran colocadas
coincidiendo con fiestas paganas o ancestrales para contrarrestar el influjo de
religiones superadas o de supersticiones. Buena parte de las fiestas que se
celebran en nuestra diócesis se mantienen como fiestas religiosas, aunque es
natural que a la celebración religiosa se incorporen la celebración familiar, o
elementos lúdicos, artísticos, culturales, de entretenimiento y del folklore. Todo
es compatible dentro de un orden.
El peligro o
riesgo que corren las fiestas religiosas en determinados ambientes es que se
pueda perder su origen y la memoria de lo que siempre fueron, fiestas
religiosas, y que elementos culturales, folklóricos, turísticos, económicos o
de diversión se impongan sobre el sentido religioso y éste termine
prácticamente desapareciendo. De la fiesta religiosa quedaría el nombre y, a
veces, ni eso. Ya es frecuente oír decir “las fiestas de agosto”, “las fiestas
de verano”, “las fiestas del pueblo”, “las fiestas de interés turístico
internacional, nacional, regional, provincial, local”. Hay en ellas lugar y
tiempo para todo, pero en algunos casos lo religioso queda como un elemento más
y no siempre el más importante.
De los
creyentes depende en buena parte que no se pierda el sentido religioso y
cristiano de nuestras fiestas en la medida en que le demos al aspecto
religioso, a la celebración litúrgica y de la devoción popular la importancia,
el tiempo, el espació y la participación personal que le corresponde.
Os saluda y
bendice vuestro Obispo
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