La
tragedia aérea que ha provocado la muerte de 153 personas y 19 heridos vuelve a
provocarnos un intenso dolor en España. Un accidente, que nos sacude en un
tiempo que todos considerábamos de vacaciones, pone de manifiesto hasta qué
punto la condición del hombre es limitada.
Podría parecer que ante tanto sufrimiento, con origen fortuito, es
preferible el olvido o inevitable el resentimiento. Y, sin embargo, como dice
Benedicto XVI en la Spe Salvi “lo que
cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la
capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar un sentido
(…). La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación
con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es valido tanto para el individuo
como para la sociedad”.
La muerte, en estas circunstancias, intensifica una pregunta: ¿es justa
la vida? Sin plantearnos con seriedad
esta cuestión perdemos lo más profundo de nuestra humanidad. Sin una respuesta
tan concreta y real como el drama que suscita la pregunta, estamos condenados a
la desesperación. La resurrección de Cristo es un hecho histórico que se puede experimentar en el presente a través de
la intensidad y de la plenitud de la vida que se concede a los que participan de ella por el bautismo. Así Dios responde a
nuestro dolor, a nuestra exigencia de comprender.
Como hemos sido alcanzados gratuitamente por esta experiencia podemos
decir con el Papa que “la cuestión de la justicia es el argumento esencial o,
en todo caso, el argumento más fuerte a favor de la fe en la vida eterna”. Con
esta esperanza celebramos hoy jueves la
Eucaristía en sufragio por los difuntos y por sus familiares.
Oficina de prensa