Padre Olallo, nuevo beato para Cuba el 29 de noviembre de 2008
Escrito por Ecclesia Digital
miércoles, 26 de noviembre de 2008
El sábado 15 de marzo, Benedicto XVI autorizó a la Congregación para
la Causa de los Santos, la promulgación del Decreto para la Beatificación del
Venerable José
Olallo Valdés
(1820-1889). Una celebración que tendrá lugar el próximo 29 de noviembre en la
ciudad de Camagüey, Cuba. Será el segundo beato para la Iglesia cubana y el
primero en ser beatificado en la misma isla.
El nuevo
beato cubano nació en La Habana el 12 de febrero de 1820. Hijo de padres
desconocidos, fue confiado a la Casa Cuna San José de la capital, donde el 15
de marzo recibiría el bautismo. Vivió y fue educado en la misma casa hasta los
7 años, y después en la de Beneficencia, manifestándose un muchacho serio y
responsable; a la edad de 13 ó 14 años, ingresó en la Orden Hospitalaria de San
Juan de Dios, en la comunidad del hospital de los santos Felipe y Santiago, en
La Habana. Superando los obstáculos que parecían interponerse a su vocación, se
mantiene constante en su decisión, emitiendo la profesión como religioso
hospitalario. En el mes de abril de 1835, fue destinado a Puerto Príncipe (hoy
Camagüey), incorporándose a la comunidad del hospital de San Juan de Dios; en
54 años sólo una noche se ausentó del hospital, Y por causas ajenas a su
voluntad. De enfermero ayudante, a los 25 años pasa a ser el Enfermero Mayor
del hospital, Y después, en 1856, Superior de la Comunidad.
Vivió
afrontando grandes sacrificios y dificultades, pero siempre con rectitud y fuerza
de ánimo: su vida consagrada a la hospitalidad no se sintió afectada durante el
periodo de la supresión de las Órdenes Religiosas por parte de los gobiernos
liberales españoles, aunque comportó también la confiscación de los bienes
eclesiásticos. De 1876, en que murió su último hermano de comunidad, hasta la
fecha de su muerte, en 1889, se quedó solo, pero siguió con la misma
magnificencia ocupándose de la asistencia de los enfermos, siempre fiel a Dios,
a su conciencia, a su vocación y al carisma, humilde y obediente, con nobleza
de corazón, respetando, sirviendo y amando también a los ingratos, a los
enemigos y a los envidiosos, sin abandonar nunca sus votos religiosos.
En el
periodo de la guerra de los 10 años (1878-1888) se mostró lleno de valor, en la
custodia de los que tenía a su cuidado, siempre prudente y sin rencor,
trabajando a favor de todos, pero con preferencia por los más débiles y pobres,
por los ancianos, huérfanos y esclavos. Cedió ante las exigencias de las
autoridades militares de convertir el centro en hospital de sangre para sus
soldados, pero sin dejar de seguir acogiendo a los más necesitados de los
civiles, sin hacer distinciones de ideología, raza ni religión. Durante los
momentos y situaciones más difíciles de los conflictos bélicos, aún poniendo en
peligro su propia existencia, con "dulce firmeza", socorría
asistiendo a los prisioneros y heridos de la guerra, sin tener en cuenta su
procedencia social o política, defendiendo incluso a los que no tenían permiso
del gobierno para que se les curara, no dejándose intimidar por amenazas, o
prohibiciones, y obteniendo por todo ello el respeto y la consideración de las
mismas autoridades militares. Ante dichas autoridades también fue capaz de
interceder a favor de la población de Camagüey en un momento de especial
tensión y peligro, evitando una masacre civil.
Perseverante
en la vocación, a través de su bondad dulce y serena hizo del cuarto voto de
Hospitalidad, propio de los religiosos de San Juan de Dios, no sólo un
ministerio de amor y servicio hacia los enfermos, sino un modo de ardiente
apostolado, destacándose en la asistencia a los moribundos y agonizantes, a los
cuales acompañaba en las últimas horas de su existencia, en el paso hacia una
vida mejor. Se distinguió siempre por su infinita bondad, siendo llamado con
los apelativos de
"apóstol de la caridad" y "padre de los pobres",
que sintetizan perfectamente el heroico testimonio del nuevo beato.
Modesto,
sobrio, sin aspiraciones de ningún género sino la de estar consagrado
únicamente a su ministerio misericordioso, renunció al sacerdocio y se
caracterizó por su espíritu humanitario y competencia sanitaria, incluso como
médico-cirujano, aún siendo autodidactao Vivió lejos de las aclamaciones, rehuyendo
los honores para poder fijar su mirada solamente sobre Jesucristo, que
encontraba en el rostro de los que sufrían. Su humildad, en fidelidad a su
carisma, se manifestó en la renuncia al sacerdocio, cuando fue invitado por su
Arzobispo, porque su vocación era el servicio de los enfermos y pobres; los
testimonios, finalmente, nos hablan de fidelidad total a su consagración como
religioso en la práctica de los votos de obediencia, castidad, pobreza y
hospitalidad.
Su muerte,
el 7 de marzo de 1889, fue vista como la "muerte de un justo":
fallecimiento, velatorio, funerales y sepultura, con el monumento-mausoleo,
levantado después por suscripción popular, expresaban reverencia y veneración
hacia quien fue su admirado protector. Desde entonces, su tumba es visitada
continuamente. Había muerto pero permanecía vivo en el corazón del pueblo, que
le seguirá llamando Padre Olallo.