En fechas recientes
la prensa daba cuenta de la sentencia de un juez que atendiendo a la queja de
uno o varios padres de familia, mandó retirar el crucifijo de la escuela. No sé
si este juez habrá tenido en cuenta el parecer y el deseo de otros padres de
familia que seguramente deseaban que el crucifijo continuara presente en la
escuela. Ciertamente en muchas escuelas los padres de alumnos que han elegido
la clase de religión y el profesor de esta materia, sí tienen derecho de que al
menos durante la clase de religión, no falte la presencia del crucifijo. Este
hecho se presta a otras consideraciones en las que ahora no quiero entrar. Pero
me lleva a pensar en aquellas palabras de Jesús desde la cruz, dirigidas a Dios
Padre: "perdónales porque no saben lo que hacen".
Una de las cosas que
"no saben" quienes tienen esta alergia al Crucificado es quién fue y
qué ensenó Jesucristo, y qué ha significado Jesús de Nazaret en los últimos
veinte siglos de historia de Europa y de la civilización europea en el mundo.
El crucifijo es una síntesis del Evangelio, y el Evangelio no hace daño a
ningún ateo, ni al creyente de otras religiones. Pedagógicamente es bueno y
justo que un niño aprenda la lección que nos da el Crucificado: la lección del
perdón, del amor de Dios al pecador, la lección de la dignidad de la persona
humana que según las enseñanzas de Jesús merece siempre nuestro respeto y amor
aunque sea nuestro enemigo, la solidaridad con todos los crucificados.
El Dios del que nos
habló Jesús ha dado qué pensar no sólo sobre Él sino también sobre el hombre.
En una obra reciente, el teólogo Olegario González de Cardedal dice con justeza
que el cristianismo ha creado o ha modificado profundamente las siguientes
categorías: la persona como realidad suprema, irrepetible e
insustituible; la vocación-misión constitutiva del hombre; la
responsabilidad irrenunciable ante Dios; la libertad individual como
don y exigencia; la culpabilidad derivada de la conciencia del deber y
de la negación de éste ante Alguien; la historia como tarea de la
libertad y sentido del hacer humano; la diferenciación e irreductibilidad de
órdenes de realidad (bien-mal, fe-razón, Iglesia-sociedad etc.); la tierra
como patria verdadera pero no definitiva del hombre.
Creer que un judío
crucificado es Dios ha sido y será siempre un escándalo para la razón
ilustrada. Pero a este Dios Crucificado le han seguido millones de mártires que
al morir perdonaban a quienes les mataban. Esto también da qué pensar.
Entre estos millones
hay que contar a una mujer judía, profesora de filosofía, convertida a la fe
católica, bautizada el 1 de enero de 1922, que profesó como monja carmelita
descalza el 21 de abril de 1938, Edith Stein, murió asesinada en la cámara de
gas del campo de concentración de Auschwitz el 9 de agosto de 1942. Había sido
profesora como asistente del gran maestro de la fenomenología moderna Edmundo
Husserl. Ella dejó escrito un estudio sobre San Juan de la Cruz con un título
significativo: "La ciencia de la cruz". Fue canonizada como mártir
por el Papa Juan Pablo 11 el 11 de octubre de 1988. En la homilía el Papa
sintetizó así el mensaje de Edith Stein (Santa Teresa Benedicta de la Cruz): "No aceptéis como
verdad nada que carezca de amor. Y no aceptéis como amor nada que carezca de
verdad".
En la cruz de Cristo se concentran el amor y la
verdad, la verdad y la libertad. Tiene sentido la fórmula del teólogo Urs Von
Balthasar: "Sólo el amor es digno de fe"(Salamanca 1988).