Escrito por Jesús de las Heras Muela - Director de ECCLESIA
miércoles, 03 de diciembre de 2008
Su Declaración Universal cumple 60 años el 10 de diciembre
"La Declaración Universal de los
Derechos Humanos ha contribuido de forma decisiva al fomento internacional de
los derechos, ha ayudado a configurar las legislaciones nacionales y ha
permitido a millones de hombres y de mujeres vivir con mayor dignidad...
Los Derechos Humanos son una de las más altas expresiones de la
conciencia humana... Fundados en la dignidad de la persona, los Derechos
Humanos sólo pueden ser valorados en toda su grandeza a la luz de Dios y de la
excelsa vocación a la que ha llamado al ser humano... Sin embargo, al observar
al mundo actual, estos derechos fundamentales siguen siendo objeto de graves y
persistentes violaciones... Por eso la Iglesia, experta en humanidad y por
fidelidad al Evangelio, se siente llamada a levantar su voz en defensa de estos
derechos inalienables, tanto para evitar que sean trasgredidos como para
promover su efectivo reconocimiento y ejercicio". Son palabras del Papa
Juan Pablo II, uno de los mayores profetas y defensores de los Derechos
Humanos.
Hace ahora sesenta años
El 10 de diciembre de
1948, en París, la entonces naciente ONU aprobaba solemnemente la declaración
universal de los Derechos Humanos, el reconocimiento formal y explicitado de
los treinta principales derechos inalienables, inviolables y sagrados de todo
hombre. Hacía tan sólo tres años que había concluido la segunda guerra mundial.
En menos de medio siglo, Europa, primero, y el resto del mundo después, se
habían visto enzarzados en dos pavorosas guerras que habían desolado a la
humanidad y que había poblado de cadáveres, de ruinas y hasta de desesperanza
los caminos de la humanidad. La declaración universal de los Derechos Humanos,
tras tantos siglos de espera, surgía así como signo de luz y de esperanza en
medio de tantas zozobras.
Quince años después, el
Papa Juan XXIII asumía plena, activa y gozosamente el contenido -"la letra
y la música"- de esta solemne declaración universal, incorporándola al
magisterio pontificio a través de la gran Encíclica "Mater et
Magistra".
Pablo VI y Juan Pablo
II, posteriormente, visitarían la sede neoyorquina de la ONU, y ambos proclamarían de palabra y de obra que esta
declaración es "fundamento del orden social".