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Te alabamos y bendecimos, Padre nuestro, porque la vigilante espera del Adviento ha hecho florecer la ansiada rosa del invierno: hoy nos ha nacido el Salvador. 
Queridos hermanos: como el ángel a los pastores, os anuncio una buena noticia: “Hoy en la ciudad de David os nacido una Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis a un Niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre” (Lc 2, 11-12) 1ª lectura. “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”(Is 9, 1). Todos los años en esta misa de Nochebuena escuchamos estas palabras del profeta Isaías, “el evangelista del Antiguo Testamento”. Cada año adquieren un nuevo sabor y hacen revivir el clima de expectación y de esperanza, de estupor y de gozo, que son propios de la Navidad. Al pueblo oprimido y doliente, que caminaba en tinieblas, le brilló “una gran luz”. Sí, una luz verdaderamente “grande”, porque la que irradia de la humanidad del pesebre es la luz de la nueva creación. Si la primera creación empezó con la luz (cfr. Gn 1, 3), mucho más resplandeciente y “grande” es la luz que da comienzo a la nueva creación: ¡es Dios mismo hecho hombre!. La Navidad es la fiesta de la luz: en el Niño de Belén, la luz originaria vuelve a resplandecer en el cielo de la humanidad y despeja las nubes del pecado. El fulgor del triunfo definitivo de Dios aparece en el horizonte de la historia para proponer a los hombres un nuevo futuro de esperanza. El Niño Dios que nace en Belén es el Verbo eterno del Padre, luz de luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (cfr. Jn 1, 9). El verdadero Sol de justicia que nace de lo Alto, para iluminar a los que viven en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz (cfr. Lc 1, 78-79). “Habitaban tierras de sombra y una luz les brilló” (Is 9, 1). El anuncio gozoso que se acaba de proclamar en nuestra asamblea, aquí en la S. I. Catedral, vale también para todos los hombres y mujeres del año 2008. La comunidad de los creyentes nos reunimos en oración para escucharlo en esta Noche Buena y Santa. Esperado por mucho tiempo, irrumpe por fin el resplandor del nuevo Día. ¡El Mesías ha nacido, el Emmanuel, “Dios con nosotros”!. Ha nacido aquel que anunciaron los profetas y que fue esperado por el pueblo “que habitaba en tierras de sombras”. En el silencio y oscuridad de la noche, la luz se hace palabra y mensaje de esperanza. Pero, ¿no contrasta esta verdad de fe con la realidad histórica en que vivimos?. Si atendemos a las noticias de los medios de comunicación social, estas palabras de luz y esperanza parecen hablar de ensueños. Pero aquí reside precisamente el reto de la fe, que convierte este anuncio en consuelo y, al mismo tiempo, en compromiso. La fe nos hace sentirnos rodeados por el tierno amor de Dios, a la vez que nos compromete en el amor efectivo a Dios y a los hermanos, especialmente a los que sufren y a los pobres; a los enfermos y a los ancianos; a los que viven en soledad y a los que lloran la muerte de sus seres queridos. 2ª lectura. “Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres” (Tt 2, 11). En esta Navidad, nuestros corazones están preocupados por los males que hay en distintas partes del mundo y por la situación de crisis económica, que estamos atravesando en nuestro país. Todos buscamos una respuesta de solidaridad y de esperanza, que nos tranquilice. El texto de la carta a Tito que acabamos de escuchar nos recuerda cómo el nacimiento del Hijo Unigénito del Padre “trae la salvación” a todos los rincones del planeta y a cada momento de la historia, y nos invita a llevar ya desde ahora una vida sobria, justa y religiosa. Nace para todo hombre y mujer el Niño llamado “Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz” (Is 9, 5). Él tiene la respuesta que puede disipar nuestros miedos y dar nuevo vigor a nuestras esperanzas. Sí, en esta Noche evocadora de recuerdos santos, se hace más firme nuestra confianza en el poder salvador de la Palabra hecha carne. Cuando parecen prevalecer las tinieblas y el mal, Cristo nos repite: ¡No temáis!. Con su venida al mundo Él ha derrotado el poder del mal, nos ha liberado de la esclavitud de la muerte y nos ha readmitido al convite de la vida. Nos toca a nosotros recurrir a la fuerza de su amor victorioso, haciendo nuestra su lógica de servicio y de humildad. Cada uno de nosotros está llamado a vencer con Él el “misterio de iniquidad” (el pecado). Vayamos, pues, a la gruta de Belén para encontrar al Niño Dios y en Él a todos los niños del mundo, a todo hermano herido en el cuerpo u oprimido en el espíritu. Evangelio. “Los pastores, “se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho” (Lc 2, 17). Al igual que los pastores, también nosotros hemos de sentir en esta noche extraordinaria el deseo de comunicar a los demás la alegría del encuentro con este “Niño envuelto en pañales”, en el cual se revela el poder salvador del Omnipotente. No podemos limitarnos a contemplar extasiados al Mesías, que yace en el pesebre, olvidando el compromiso de ser sus testigos. Hemos de volver de prisa al camino de nuestras vidas. Debemos volver gozosos de la gruta de Belén a contar a todos el prodigio del que hemos sido testigos. ¡Hemos encontrado la luz y la vida!. En el Señor se nos ha dado el Amor. “Un Niño nos ha nacido...” (Is 9, 5). Te acogemos con alegría, Omnipotente Dios del cielo y de la tierra, que por amor te has hecho Niño “en Judea, en la Ciudad de David, que se llama Belén” (Lc 2, 4). Te acogemos agradecidos, nueva Luz que surges en la noche del mundo. Te acogemos como a nuestro hermano, “Príncipe de la paz”, que has hecho “de los dos pueblos una sola cosa” (Ef 2, 14). Cólmanos de tus dones, Tú que no has desdeñado comenzar la vida humana como nosotros. Haz que seamos hijos de Dios, Tú que por nosotros has querido hacerte hijo del hombre (cfr. San Agustín, Sermón 184). Señor Jesús, junto con los pastores, nos acercamos al Portal para contemplarte envuelto en pañales y acostado en un pesebre. ¡Oh Niño de Belén, te adoramos en silencio con María, tu Madre siempre Virgen. A ti la gloria y la alabanza por los siglos, divino Salvador del mundo!. Puer natus es nobis, venite adoremus!. Un niño nos ha nacido, venid, adorémosle.
¡Feliz Nochebuena. Feliz Navidad!
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