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Ya sí que ha estallado la paz – A los setenta años del final de la Guerra Civil Imprimir E-Mail
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Escrito por Jesús de las Heras Muela - Director de ECCLESIA   
miércoles, 01 de abril de 2009

A los setenta años del final de la Guerra Civil, es preciso no dilapidar la reconciliación y la concordia ya logradas

         En los primeros años de la posguerra, hizo fortuna, con gran éxito de ventas y difusión, la novela titulada “Ha estallado la paz”. Formaba parte –quiero recordar- de una trilogía sobre la guerra civil y el final de esta. El título de la novela era redondo y hermoso, pero quizás no era real ni verdadera su afirmación. El final de la guerra fue, sí, el final de la contienda, pero no la llegada de la paz y de la reconciliación. No se levantaba, desgraciadamente, una España para todos. A los excesos brutales y aberrantes de las dos partes durante la contienda, siguió la lamentable “lógica” de los vencedores y de los vencidos.

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Han pasado 70 años. Y ahora sí ha estallado ya la paz. Estalló con la transición, particularmente a través de la promulgación de la Constitución de 1978 y, sobre todo, en el vivir y convivir de cada día desde entonces. La reconciliación y concordias logradas son bienes que no se pueden ni se deben ahora dilapidar. La paz de ahora y de estos treinta años es bien supremo y es antídoto ante cualquier mirada al pasado cargada de resentimiento, trufada de ideologización, transida de frentismo. La única mirada viable al pasado, a aquel pasado, es la mirada sin ira, reconciliada y reconciliadora que busque la verdad de la historia para que esta, una vez más, sea “maestra de la vida” y nos ayude a evitar caer en los mismos errores y horrores de entonces.

Una Iglesia obligada, en su día, a tomar parte

        

         Cuando el 14 de abril de 1931 fue proclamada la II República Española, la actitud de la Iglesia fue de respeto y de acatamiento leal y sin reservas, como consta documental y reiteradamente.

No obstante, un mes después, en mayo, se produjo los primeros y graves ataques contra la Iglesia, en esta ocasión contra sus bienes de patrimonio mueble e inmueble. Fueron quemados en Madrid los colegios de los Jesuitas de calles Flor Alta y Araneros, también en Madrid el colegio Maravillas, en Valencia el colegio Santo Tomás de Villanueva y conventos e iglesias en Murcia, Cádiz, Sevilla, Málaga, Alicante, Madrid y Valencia. Valgan como ejemplo las destrucciones del convento de Santo Domingo de Cádiz (siglo XVII), capilla de San José de Sevilla (siglo XVII) e iglesia de San Pablo de Málaga (siglo XVI) y la quema de los fondos documentales y  de biblioteconomía  de los Jesuitas de Flor Alta (90.000 incunables) y de Araneros (20.000 volúmenes), del colegio Maravillas (25.000 volúmenes)  -los tres en Madrid- y del colegio Santo Tomás de Villanueva de Valencia -10.000 volúmenes-. El Gobierno de la República no impidió o no pudo impedir estos ataques y, sobre todo, no buscó a sus responsables.

        

Asimismo desde otoño de 1931 comienza a desplegarse una amplia legislación claramente antieclesiástica y anticristiana, comienzan las expulsiones de eclesiásticos y de algunas Órdenes o Congregaciones como la Compañía de Jesús.

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En octubre de 1934, en Asturias, se producen los primeros atentados mortales contra cristianos, en concreto contra religiosos. Desde el 18 de julio de 1931 hasta el día 31 del mismo mes, hubo 861 víctimas eclesiásticas, un mes después ya eran 2.077 y el 1 de julio de 1937 ya habían sido asesinados 6.500 cristianos, la inmensa mayoría de ellos sacerdotes y religiosos. Dos meses antes del final de la Guerra Civil, era asesinado el obispo de Teruel, fray Anselmo de Polanco. Y todo ello sin detenernos en el incalculable desastre en el destrozo –en muchos casos, irreparable- de miles de templos y de miles y miles de pérdidas en obras artísticas y otros bienes de interés religioso y cultural.

Según estudios de hace cerca de medio de Antonio Montero Moreno, en su tesis doctoral, el número de personas de la Iglesia asesinadas entre 1934 y 1939 ascendieron a 6.832 (12 obispos, 4.185 sacerdotes, 2.365 religiosos, 238 religiosas y el resto seminaristas y laicos).         

Estudios más recientes, cifran las personas martirizadas en diez mil: siete mil sacerdotes y consagrados y los tres mil restantes, laicos. Desde 1987, 11 de ellos han sido canonizados y otros 966 han sido beatificados. En Roma, en la Congregación para las Causas de los Santos, están en estudio 48 causas que afectan a 863 candidatos al martirio y a la beatificación. En las diócesis, todavía en fase de estudio, hay otro medio centenar de procesos. Un tercer grupo lo podría constituir el llamado catálogo “Testigos de la fe en España en el siglo XX”.

        

El 1 de julio de 1937 los obispos españoles, excepto el arzobispo de Tarragona, cardenal Vidal y Barraquer, y el obispo de Vitoria, Mateo Múgica, firmaron una conocida y polémica Carta Colectiva, cuyo “muñidor” bien pudo ser el cardenal Isidro Gomá, arzobispo de Toledo.

La Carta no es que bendijera el llamado “alzamiento nacional”, no es tomara partido –que sí lo hacía- sino que, por razones pastorales, humanitarias, patrióticas y religiosas, se veía obligada a situarse en un bando no tanto por opción cuanto por necesidad, por la necesidad de que el otro bando, en la teoría y, sobre todo, en la práctica, no solo no quería cuentas con la Iglesia sino que la perseguía y diezmaba y buscaba su aniquilación.

Como señalara años después el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, la Iglesia de aquellos años se vio obligada a tomar partido, a ser beligerante.

        

Sucedieron después cerca de cuarenta años de régimen autoritario, el franquismo. La Iglesia selló con el régimen de Franco un Concordato, en 1955. No obstante, el Concordato pronto topó con los nuevos aires que soplaban en la Iglesia con el Concilio Vaticano II. Y en los últimos años de Franco, la Iglesia no fue una fiel aliada sino una conciencia crítica, una instancia de libertades y de aglutinación de lo que se denominó “el espíritu de la transición” a la democracia.

La mirada al pasado

sin ira y reconciliadora de la Iglesia

Por ello, cuando a finales de noviembre de 2006, cuando comenzaba la tramitación de la llamada ley de Memoria Histórica, los obispos españoles, en la Instrucción pastoral "Orientaciones morales ante la situación actual de España", afirmaban que no se pueden deteriorar ni dilapidar bienes alcanzados por nuestra sociedad en las últimas tres décadas como son la reconciliación y la distensión.

De ahí, que "una utilización de la memoria histórica, guiada por una mentalidad selectiva, abra, de nuevo, viejas heridas de la guerra civil y avive sentimientos encontrados que parecían estar superados. Estas medidas -continúa afirmando el número 7 del citado documento- no pueden considerarse un verdadero progreso social, sino más bien un retroceso histórico y cívico, con un riesgo evidente de tensiones, discriminaciones y alteraciones de una tranquila convivencia".

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         La historia no puede convertirse injustamente en arma arrojadiza. No se puede poner en riesgo la concordia lograda hace treinta años durante la transición. No se puede manipular el pasado, ni dividir la sociedad entre buenos y malos y reabrir las heridas, ya cicatrizadas, de una contienda civil que los españoles ya habíamos superado.

Blázquez, Amigo, Rouco

Un año después, en las vísperas de la aprobación definitiva de esta ley, el entonces presidente de la CEE, monseñor Ricardo Blázquez Pérez, obispo de Bilbao, afirmaba:"Cada grupo humano -una sociedad concreta, la Iglesia católica en un espacio geográfico, una congregación religiosa, un partido político, un sindicato, una institución académica- tienen derecho a rememorar su historia, a cultivar su memoria colectiva, ya que de esta manera profundizan en su identidad... Pero no es acertado volver al pasado para reabrir heridas, atizar rencores y alimentar desavenencias. Miramos al pasado con el deseo de purificar la memoria, de corregir posibles fallos, de buscar la paz. Recordamos sin ira las etapas anteriores de nuestra historia, sin ánimo de revancha".

        

         Con valiente y profética lucidez, el cardenal Carlos Amigo Vallejo, arzobispo de Sevilla, declaraba el 12 de octubre de 2007: "Lo peor de una ley de memoria es cuando solo es memoria para un grupo, cuando es una memoria parcial. A lo largo de estos -apuntó monseñor Amigo- ha habido muchas leyes sobre el tema y aquí da la sensación como que alguien quiere vencer una guerra que todos queremos olvidar cuanto antes... Yo -añadió el purpurado- estoy a favor de la historia, pero no estoy por la memoria ideologizada. Estoy por la memoria de la historia, no por la memoria de las ideologías". El cardenal Amigo realizó estas declaraciones después de oficiar la Eucaristía de la festividad de la Virgen del Pilar en la iglesia nacional española en Roma de Santiago y Montserrat. En la homilía, el arzobispo hispalense exhortó a mirar con serenidad el pasado y a no tener miedo al futuro. "La historia -recalcó- nunca debe servir para separar; la historia debe servirnos para unir, para tender puentes hacia el futuro. Muchas son las cosas que tenemos que recordar, pero muchas más -subrayó- son las responsabilidades de aquello que tenemos que construir en el futuro".

        

         Todo ello no significa -como apuntaba también el cardenal Amigo- que "no se reconozcan los derechos y se reparen las injusticias que se hayan podido cometer. Pero nadie debe aprovecharlo para vencer una guerra que, gracias a Dios, hace ya mucho tiempo que terminó". Si así fuera se infringiría una grave injusticia moral, se cometería un innecesario error político y se produciría una fisura gratuita en el tejido social de un país que ya optó hace años por una libertad y una convivencia sin ira, sin rencor, en paz, en concordia, en reconciliación y en verdadero progreso social.

Por su parte, el cardenal Rouco Varela, en su discurso de apertura de la última asamblea plenaria de la CEE,  en noviembre pasado, dedicó la tercera parte del mismo a reiterar, ante la actual situación de España, la apuesta eclesial  en pro de la reconciliación. Partiendo de citas y referencias del magisterio de nuestro episcopado sobre la convivencia y la concordia de los españoles, el presidente de la CEE apostó por una “auténtica y sana purificación de la memoria”. Es la que se cultivó durante la transición. Es la que “sabe olvidar”, “no por ignorancia o cobardía, sino en virtud de una voluntad de reconciliación y de perdón responsable y fuerte”, de perdón y de amor fraterno.

La Constitución de 1978,

la mejor ley de Memoria Histórica

 

         En estos párrafos se sintetiza el parecer de la Iglesia sobre cualquier proceso legal, social o mediático de recuperar la memoria histórica. La Iglesia no dice "no" a la memoria histórica, ni mucho menos. Pero pide que la mirada al pasado sirva para el bien, para la concordia, para la reconciliación, para la paz.

Pocas naciones como España cuentan en su haber la realización de un una transición política a la democracia tan modélica como la vivida entre nosotros. La transición y, sobre todo, su gran obra que es la Constitución de 1978 es expresión espléndida de ello. La Constitución de 1978, sin ser perfecta -como no es perfecta ninguna obra humana- ha permitido a los españoles durante tres décadas vivir en libertad, en pluralidad, en progreso y en superación efectiva del pasado fraticida cuyo emblema trágico fue la Guerra Civil, con su precedente de la II República y su consecuente del Régimen franquista.

La Constitución de 1978 consagraba un Estado de derecho, en el que ya no había vencedores ni vencidos. Y durante estos treinta años, en este país -a la par que se aprobaban más de veinte leyes encaminadas a reestablecer la memoria y la justicia que los acontecimientos antes citados hubieran podido dañar y violentar- se ha vivido y se vive sin en el espectro funesto de la dos Españas.

 

Mártires al servicio

de la verdadera memoria histórica

 

La contribución eclesial a esta España reconciliada y de la concordia, dentro de las legítimas discrepancias y opciones políticas e ideologías, ha sido mantener la separación y la cooperación entre Iglesia y Estado, practicar la neutralidad en cuestiones meramente políticas y partidistas y predicar y vivir, desde la idiosincrasia de su misión, el Evangelio del perdón.  

Bueno es este sentido releer otra afirmación del documento de la CEE, de noviembre de 1999, "La fidelidad del Señor dura siempre. Mirada de fe al siglo XX". Dice en su número 14: "También España se vio arrastrada a la guerra civil más destructiva de su historia. No queremos señalar culpas de nadie en esta trágica ruptura de la convivencia entre los españoles. Deseamos más bien pedir el perdón de Dios para todos los que se vieron implicados en acciones que el Evangelio reprueba, estuvieran un otro u otro de los bandos trazados por la guerra. La sangre de tantos conciudadanos nuestros derramada como consecuencia de odios y venganzas, siempre injustificables, y en el caso de muchos hermanos y hermanas como ofrenda martirial de la fe, sigue clamando al Cielo para pedir la reconciliación y la paz".

 Y es que, en efecto, cuando la Iglesia eleva a los altares a cristianos -como acontecía, por última vez, el  28 de octubre de 2007 con 498  beatos- que fueron asesinados en aquellos períodos no lo hacen por sus implicaciones políticas, no lo hace por revanchismo, ni por triunfalismo: lo hacen como reconocimiento de su condición de testigos de la fe, del amor y del perdón. Si hubieran muerto por una ideología, por un bando no estarían en los altares, no se habría abierto su causa de canonización.

Ellos muriendo testimoniando su fe hasta el final y murieron perdonando a sus verdugos. Y esta es la mejor memoria histórica: el perdón y la reconciliación, a la que la Iglesia ha de servir en su misión y en su deber de ser prolongación de Jesucristo, su primer Mártir. El era inocente -como nuestros mártires- y murió en a cruz perdonando y con su sangre sembró la semilla buena y fértil para la definitiva reconciliación de la entera humanidad.

        

A título de ejemplo de la verdadera actitud de nuestros mártires durante aquel aciago periodo, he aquí el siguiente testimonio. Es del joven mártir cordobés Bartolomé Blanco Márquez. Tenía 21 años cuando fue martirizado. Pertenecía a la Acción Católica. Trabajaba como constructor de sillas. Era huérfano. Desde la cárcel, en las vísperas de su martirio, escribía a sus familiares:

“Conozco a todos mis acusadores. Día llegará que vosotros también los conozcáis. Pero en mi comportamiento habéis de encontrar ejemplo no por ser mío, sino porque muy cerca de la muerte, me siento también muy próximo a Dios nuestro Señor. Y mi comportamiento respecto a mis acusadores es de misericordia y de perdón. Sea esta mi última voluntad: perdón, perdón y perdón. Pero indulgencia que quiero vaya acompañada del deseo de hacerles todo el bien posible. Así, pues, os pido que me venguéis con la venganza del cristiano: devolviéndoles mucho bien a quienes han intentado hacerme mal”.

         ¿No es esto todo un ejemplo, maravillo ejemplo? Pero no es aislado. Así todos los mártires. De lo contrario no serían mártires. De lo contrario no estarían en los altares como lo está, como beato, el joven cordobés Bartolomé Blanco Márquez. El, al igual que todos nuestros mártires no fueron héroes ni víctimas de ningún bando. Ellos no estaban ni en la guerra, ni en los foros políticos, ni en las trincheras, sino que fueron violentamente sacados de sus comunidades, de sus parroquias y de sus casas. Muriendo perdonando y murieron -fueron asesinados- por proclamar su fe en Jesucristo, no en ninguna opción política. La Iglesia, al glorificarlos, cumple con un derecho y un deber  y, en ningún caso, busca o persigue culpables. Glorifica a sus héroes, muchos de ellos anónimos, hombres y mujeres de la calle, del pueblo. Sin frentismos sin revanchismo, sin ira, sin triunfalismo, sin sectarismos. Y nada tiene en contra de que otras instituciones e instancias glorifican también a sus héroes.

Paz, perdón y reconciliación: los caminos

Y este es, en efecto, el camino: el de la reconciliación y la concordia. Setenta años son muchos años para seguir torturándonos con los errores y horrores de unos y de otros, en definitiva, de todos. No podemos dejar en legado a las futuras generaciones los odios y rencores de las guerras de nuestros antepasados. Es tiempo para la paz. Así lo demandan la historia, la lógica, la inmensa mayoría de la sociedad y, para los cristianos, el Evangelio. Así lo reclaman los apremiantes retos pendientes actuales de España, en medio además de una crisis económica sin precedentes. Es tiempo para la paz  y para trabajar juntos en lo que realmente importa.

Nunca más la guerra. Nunca más el rencor, el resentimiento, el odio. Nunca más las prepotencias de los vencedores ni los traumas de vencidos. Nunca más la guerra. Si el 1 de abril de 1939 no acabó de estallar la paz, la paz de todos, para todos y entre todos, sesenta años después sí es tiempo de paz. Desde hace más de treinta años los españoles tenemos una Constitución de todos y para todos, una Constitución de verdadera libertad y derechos. Y durante estos treinta años los españoles hemos hecho camino por estas sendas. También la Iglesia y los católicos, de modo muy destacado, muy discreto y muy meritorio. Y es que ya sí ha estallado la paz.

Jesús de las Heras Muela

Director de ECCLESIA,

Madrid, 1 de abril de 2009

 

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Comentarios
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EULALIA   |85.91.81.xxx |2009-04-02 01:20:33
ME PARECE MUY BIEN LA ACTITUD DE LA iGLESIA EN ESTE TEMA; TENEMOS QUE VIVIR EL
PRESENTE Y DEJAR DE VIVIR EN UN PASADO NEGATIVO; LOS ESPAÑOLES QUE HAN NACIDO
DESPUES DE LA CONSTITUCION DEL 78 SABEN LO MARAVILLOSO QUE ES TENER UN PAIS COMO
EL NUESTRO CON LIBERTAD Y PAZ QUE MUY POCOS PAISES DEL MUNDO ACTUAL LO HAN
CONSEGUIDO, FELICITEMONOS Y DEMOS GRACIAS A DIOS. ME HA ENCANTADO LA ITERVENCION
DE d.JESUS DE LAS HERAS EN LA TVE UN CARIÑOSO SALUDO PARA TODOS
Fidel Franco  - El Siniestro manteca   |88.6.142.xxx |2009-04-02 10:25:17
Habrá un día en que todos al levantar la vista verán lo sieniestro de la
primera mitad del siglo 20 en Europa y la calamidad que fueron los años del 30
al 40 en España.
Descubrirán que en España hubo un hombre insidioso a
principios del siglo 21 que quiso resucitar una memoria ahistórica de rencor:
jugó con nustros muertos por un miserable puñado de votos. Fué un retrasado a
quien sólo algunos logreros o ignorantes siguieron.
Sinvergüenzas y
criminales hubo en ambos bandos. Aquello no fué historia, fue una tragedia donde
todos estuvieron desbordados en la catástrofe.
Que los que puedan y quieran
recoger los huesosde los suyos que se lo faciliten ylo hagan con la discreción
del dolor y que no se dejen manipular por uno mohatras de baratillo.
Es
siempre muy difícil juzgar con acierto la sociedad y la historia, más en una
situación límite comola república y la guerra.
Que Dios los perdone a todos
y Dios no...
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