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Benedicto XVI concede la Rosa de Oro a la imagen de la Virgen de la Cabeza Imprimir E-Mail
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Escrito por Rafael Higueras Álamo - Canónigo Magistral de Jaén   
miércoles, 11 de noviembre de 2009

Benedicto XVI concede la Rosa de Oro a la imagen de la Virgen de la Cabeza, Patrona de la diócesis de Jaén

         Comienzo a redactar estas notas justamente al día siguiente  del viaje de Benedicto XVI (8-XI-09) a Brescia, patria chica de Pablo VI. Allí Benedicto XVI habló del discurso de Pablo VI en la clausura de la tercera etapa del Concilio Vaticano II, el 21 de Noviembre de 1964, cuando el Papa Montini “proclamó a María Santísima Madre de la Iglesia.

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         En aquel momento Pablo VI expresó también su “determinación de enviar… la Rosa de Oro al templo de Fátima… De esta forma confiamos a la protección de la Madre celestial a toda la humanidad, sus dificultades y sus angustias, sus legítimos deseos y sus ardientes esperanzas”. La Misa de aquel día quiso el Papa concelebrarla en la Basílica Vaticana acompañado de modo especial por los  Obispos de Fátima, Lourdes, Guadalupe…y otros santuarios marianos del mundo.

        

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         ¡La Rosa de Oro concedida a la imagen de la Virgen de la Cabeza, de Andujar!

 

Pienso que podría escribir más o menos extensamente sobre uno y otro tema: “Virgen de la Cabeza” y “Rosa de Oro”. Pero sobre ambos sólo quiero dar una breve nota o comentario. Más bien me quiero detener en el significado mucho más profundo que quiso dar Pablo VI a aquel gesto suyo aquel día 21 de Noviembre de 1964.

        

                                      *        *        *

 

         La Virgen de la Cabeza.

 

         Sin duda es conocida la devoción a Ella y que tiene un momento cumbre en la Romería al fin de Abril. Cervantes habla de ella en “Persiles y Segismunda”.

         Los orígenes de la devoción arrancan de 1227, en cuya noche del 11 al 12 de Agosto se sitúa la aparición al pastor de Colomera, Juan Alonso de Rivas.

         Desde el 27 de Noviembre de 1959, por concesión del Papa Juan XXIII, la Virgen de la Cabeza es Patrona de la Diócesis de Jaén. En este año de 2009 se celebran, por tanto, los 50 años de este Patronazgo, y a la vez el I Centenario de la Coronación canónica, que fue en 1909.

         Cualquier romero anónimo puede describir lo que para él significa la romería y la visita a esta Virgen “morenita y pequeñita”. Y quienquiera que haya llegado allí en fechas de verano o de invierno, en el silencio y paz de otoño o en el bullir de gentes del mes de Abril tiene sentimientos profundos y experiencias vividas, que se guardan gratamente en el recuerdo y en el corazón. Ciertamente que la devoción a la Virgen de la Cabeza traspasa más allá de Andujar, de Jaén y de Andalucía.

 

                                      *        *        *

 

        

La Rosa de Oro

 

         Es una distinción pontificia, creada por León IX, en 1049. Es la máxima distinción que un Papa otorgaba a una mujer (en casi todas las ocasiones, reinas), aunque alguna vez también se entregó a un varón.

         Más que una rosa es un “rosal” con varias rosas. Y no siempre tiene el mismo formato.

         La última “Rosa de Oro” concedida, en este caso por Benedicto XVI, ha sido a la imagen de la Virgen de la Cabeza, que de este modo se convierte en la primera imagen de Santa María que recibe la Rosa de Oro en España.

Quiero sin embargo detenerme más en el “giro” que dio Pablo VI, en 1964, a esta distinción que, desde esa fecha, ya sólo se concede a imágenes de la Virgen María.

 

                            *        *        *

 

El Vaticano II y los “gestos” de Pablo VI

 

Creo que esta concesión de la Rosa de Oro a la Virgen de la Cabeza debe enfocarse desde una mirada en profundidad a la Historia reciente de la Iglesia. En concreto a lo que es, lo que fue y lo que debe seguir siendo el Concilio Vaticano II.

Una pregunta para centrar el tema. ¿Hemos “recibido”, hemos asimilado todo lo que ese magnífico momento supuso y supone para nuestra Iglesia y para nuestro hoy? Pero responder a ello daría materia para mucha reflexión y para un examen de conciencia que nos lleve a una permanente  postura de “conversión” evangélica.

Que Pablo VI, el 21 de Noviembre de 1964, hiciera ese “gesto”, ese “signo” (otorgar por primera vez la Rosa de Oro a una imagen de la Virgen; y en aquellas fechas) es algo que, leerlo en su verdadera dimensión, nos “cambiaría de mentalidad”: nos convertiría.

Pablo VI era audaz y prudente al mismo tiempo. Tímido y a la vez elocuente en sus signos proféticos. Unos días antes, el 13 de Noviembre de 1964, en el aula conciliar se anunció en presencia del Papa: “El Santo Padre ha decidido entregar para las necesidades de los pobres su tiara”. ¿Se trataba de un regalo o, más bien, de algo mucho más hondo y simbólico? En este sentido me hacía antes la pregunta: ¿Hemos “recibido” el Vaticano II? ¿O lo hemos ido dejando olvidar? ¿Lo hemos leído en plenitud y totalidad; o sesgadamente y con intereses encontrados? Dejar la tiara era más que un “regalo”; era un compromiso precisamente en aquellos días en que en el aula conciliar se hablaba de las angustias y dolores de la humanidad, de sus causas y de posibles remedios que estuvieran en manos de la Iglesia.

También lo que “hizo” Pablo VI en aquel discurso del 21 de Noviembre de 1964 (hablando de la Virgen y ofreciéndole, por primera vez en la historia, la Rosa de Oro) era elocuencia de muchos quilates, en un “gesto” de significado que trascendía al propio gesto.

Hemos dado mucha importancia a la Constitución “Gaudium et Spes” (G.S.) ¡Y ciertamente la tiene! ¡El diálogo de la Iglesia con el mundo! El origen de tal Constitución G.S. estuvo en los “pasillos” del Concilio, no en las Comisiones preparatorias; era como la voz de la Iglesia del tercer mundo. Era, valga la expresión, como una declaración de amor de la Iglesia al mundo.

En ese “misterio”, que es Pablo VI, es curioso que las palabras (trascritas más arriba, al principio de estas notas) de su discurso del 21 Noviembre 1964, cuando otorga la Rosa de Oro a la Virgen de Fátima lo haga con unas frases que son “reproducción viva” del título de la G.S, como haciendo eco vibrante del contenido de ese diálogo Iglesia- Mundo, como fabricando un cordón apretado con tres hilos distintos: María; la Rosa de Oro; y las angustias y esperanzas de la humanidad.

Me parece “una clave esencial” este cordón de tres hilos: La Iglesia y María –la Madre de la Iglesia- no pueden vivir sin mirar y amar a los hermanos, principalmente a los que más sufren, y para ellos deben ser los afanes, el tiempo, los cuidados, el amor y el cariño (el “oro”) que la Iglesia pone en manos de la Madre

 

                            *        *        *

 

Algo de Historia conciliar

 

Sin duda que, a pesar de esa importancia del  origen y efervescencia de la G.S., el documento clave desde el que se puede entender todo el Concilio Vaticano II es la Constitución sobre la Iglesia (L.G.: Luz de las Gentes). Un documento que también tuvo su “recorrido”, sus idas y venidas, sus defensas y novedades, siempre apasionadas unas y otras. Pero el Espíritu hace su camino.

El 19 de Noviembre de 1964 el texto definitivo de la Constitución L.G., al que se había incorporado una visión “nueva” de la Iglesia y del que habían caído párrafos y capítulos de las primeras redacciones, era votado: 2.134 favorables y 10 votos contrarios. Había sido mucho el camino andado para llegar a ese resultado tan unánime. Y ello había costado dolores de parto.

El todavía Cardenal Montini, el 5 de Diciembre de 1962, antes de que concluyera la primera sesión del Concilio (septiembre-diciembre 1962) habló a los Obispos en el aula conciliar: “Sólo a la luz del Evangelio podemos dar visión de la Iglesia que Cristo deseó…”. Y dos años después, siendo ya Papa dirá: “Hemos de felicitarnos de que esta Asamblea… demuestre su amor a la Virgen abriendo y cerrando sus sesiones en fiestas marianas. Pero habrá que cuidar sobre todo de que esta Asamblea honre a Ntro. Señor Jesucristo, mostrando como Él vive en la Iglesia y a través de ella comunica su vida a los hombres”.

Recién elegido Pablo VI,  tres meses después, se iniciaba la segunda sesión del Vaticano II (Septiembre de 1963); los trabajos de esta sesión comienzan con el estudio del documento que luego será la Constitución L.G., sobre la Iglesia.

En esos meses, en el diálogo conciliar de esas semanas, se plantea algo que es como el punto central al que yo quería llegar con estas notas.

El día 24 de Octubre de 1963 se produce un acontecimiento histórico en la historia de este Concilio. Martín Descalzo definió el momento con dos metáforas preciosas que indico más abajo.

Había surgido en las discusiones conciliares esta cuestión: En este documento sobre la Iglesia ¿se añade un capítulo sobre la Virgen María? O por el contrario, ¿se hace un documento aparte para hablar sólo de ella?

No fue una semana fría. Los niveles de argumentos esgrimidos subieron de calibre por una y otra corriente de pensamiento. El pueblo sencillo estaba desconcertado: “¿Es que los obispos no aman a la Virgen?”

Una y otra vez se sometía a votación el tema tras cada serie de intervenciones a favor de una u otra corriente. El Reglamento exigía dos tercios favorables para tomar una determinación. Y sin embargo todas las votaciones daban “empate técnico”. Se apela a una solución que Martín Descalzo definió como “dos caballeros y una sola Dama”. Pero tampoco se consiguió la votación de dos tercios tras aquella exposición del   Cardenal Santos y del Cardenal Koenig, los dos “caballeros del torneo”, en nombre de una y otra corriente de pensamiento (24-X-64).

No era una cuestión baladí lo que se estaba poniendo sobre el tapete. Era algo muy profundo lo que estaba en juego. Ni siquiera la otra metáfora llega a explicar las aguas subterráneas en toda su profundidad: “Se trata de ver si a la Madre se da un palacio para que viva Ella sola; o si le damos el piso principal donde viva junto con todos los hermanos”.

Quizá sea necesario cortar ya esta nota con lo que hasta ahora se ha apuntado, consciente sin embargo de que no se ha dicho todo.

La solución al conflicto la dio Pablo VI con una doble actuación: Por una parte Pablo VI inclinó la balanza a favor de la mayoría, aunque sólo había 40 votos más que en la parte contraria (1114 frente a 1074 votos). Si la balanza “mayoritaria” hubiera sido optar por “un documento aparte” dedicado a la Virgen (“un palacio para Ella sola”) estaríamos en camino de nuevas definiciones dogmáticas marianas; pero si se inclina por la unión del tema mariano dentro del documento sobre la Iglesia (“el piso principal en la casa de todos los hermanos”) la Iglesia volvería a las fuentes evangélicas, colocando la figura gloriosa de María en el resto de la Teología que ve a Cristo como único centro y Salvador. Y esta segunda opción fue la decidida.

Por otra parte el Papa Montini en su discurso del 21 Noviembre 1964 explicaba con luz abundante la figura de María en la Iglesia. No puedo menos de leer y releer el discurso íntegro de aquel día. “Esforzarse por elevar celosamente en el pueblo cristiano el nombre y el honor de María, proponiéndola como ejemplo a imitar por su fidelidad…; María, sierva humilde del Señor, está totalmente referida a Dios y a Jesucristo… Ponemos como corona la declaración de María Madre de todos los fieles y pastores, es decir, de la Iglesia”.

Y en ese contexto de historia y de discurso, Pablo VI añadió “hemos determinado enviar la Rosa de Oro al templo de Fátima… y confiamos a la protección de la Madre celestial a toda la humanidad, sus dificultades y angustias, sus legítimas deseos y esperanzas”.

Desde aquella fecha la Rosa de Oro sólo se concede ya a imágenes de Santa María. Pero será necesario recordar que ello nos urge a encontrarnos con la humanidad dolorida y sufriente; y a ser sembradores de esperanza, andando  con pasos firmes de compromiso de amor cristiano a todos los hermanos.

 

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